CAZUELAS, OLLAS Y JARROS

Las cazuelas, ollas y jarros hechos en barro cocido siguen teniendo un amplio uso a lo largo de todo el país para contener, transportar, cocinar, comer y almacenar alimentos. Son numerosas las técnicas de elaboración, acabado y decoración que distinguen a cada uno, de acuerdo con la región geográfica de donde proceden. Las referencias arqueológicas nos hablan de la antigüedad de estas piezas; sin embargo, no fue sino hasta la llegada de los españoles en el siglo xvi, que se empezaron a “vidriar” o “esmaltar” por dentro o por fuera para la preparación de nuevos platillos y usos; desde hace unos 20 años, en muchos centros productores de cerámica, este vidriado está libre de plomo para las piezas cocidas a baja temperatura.
En la vida cotidiana, la festiva o la ritual se usan piezas como las grandes cazuelas moleras de Puebla y Michoacán para las comidas comunitarias; las tamaleras rituales del estado de Morelos; los grandes cántaros de Oaxaca y Chiapas para guardar las semillas; las vajillas de Jalisco; los molcajetes de Sinaloa; los jarros para el atole, las ollas para el pozole y las arroceras del Estado de México.
En muchas ocasiones, cada uso tiene una pieza y forma específicas: las arroceras son cazuelas vidriadas amplias y extendidas; son más profundas en las que se preparan los moles y otras salsas; las tinajas bruñidas sirven para mantener fresca el agua; las cocuchas para guardar granos; los molcajetes de barro esgrafiados en el fondo, para preparar salsas; las ollas con tapa para los frijoles; los jarros individuales para el chocolate, el café y el té mañanero, y los de mayor tamaño para batir el chocolate; los platos pozoleros o las ollas para preparar el tesgüino en el altiplano norte son un pequeño ejemplo de la gran diversidad de piezas que existen en todo el territorio mexicano.